
LA DIOSA

ISIS Y HORUS

ISHTAR

TARA

QUAN YIN

IXCHEEL

CHALCHIHUI
TLICUE

COATLICUE


LA DIOSA
“Madre déjame estar
junto al fogón,
déjame estar donde
se goza el aroma del maíz,
en ese lugar donde tu creas
nuestro alimento sagrado ”.
Desde el amanecer de los tiempos la Diosa ha sido nuestra madre, es ella quien nos ha proporcionado siempre el alimento y la vida, es ella la virgen primigenia que deja su manto de pureza y al preñarse nos da las semillas de una nueva vida, asegurándonos con su amor, nuestro corto paso hacia la eternidad.
En los lejanos días llamados paganos, la virgen fue esencia de la Tierra, ella al recibir la semilla en su vientre aseguraría la continuidad de la vida. No en vano, las primeras manifestaciones del ser humano mostraban a las Venus como la diosa más antigua.
Isis fue la madre de Egipto y recorrió los desiertos para darles la bendición del Nilo, como hermana, esposa y madre, transformó el árido paisaje en un vergel de vida. Su figura con el niño en brazos llegaría hasta Roma para inspirar al icono de María, madre de Dios.
Ishtar sería la patrona de los pueblos que sembraban en los meandros de los ríos Tigris y Eufrates, las cunas de la humanidad. Una de las constelaciones caldeas para el Zodiaco lleva por nombre La Virgen y su estrella principal se llama Espiga.
Tara es la madre de los tibetanos, Quan yin de los chinos y así lo fueron Ixcheel de los mayas, Chachihuitlicue la teotihuacana, Chimalma madre de Quetzalcoatl y Coatlicue Tonantzin Tlalli para nuestros abuelos meshicas.
Cuentan en antiguas e inmemoriales historias que hasta el cerro de Tepeyecac acudían en peregrinación nuestros ancestros, sucedía 52 días antes del nuevo año, para ofrendar y gradecer el milagro de la vida a la madrecita tierra, señora de la falda de serpientes.
Ella era Coatlicue Tonanzin Tlalli y bajo la protección de su manto de serpientes celebraban las fiestas del levantamiento de las insignias y los pendones, en el mítico mes del Panquetzaliztli.
Al otro lado del mundo el milagro de la maternidad se manifestó en María, heredera de todas las religiones y madre de Jesús el salvador, el nombre del hijo de Dios. Sus apariciones demostraban la verdad de la religión cristiana y por muchos lugares de aquella Europa medioeval aseguraban haberla visto transformada en mujer, solicitándoles además que en ese lugar se le erigiera un templo.
En España, uno de los países con más fervor para abrazar la religión católica, varias apariciones ya habían sido redactadas. En Extremadura, durante la lucha de los españoles contra los moros, se la atribuyeron a San Gregorio en el Río de Lobos, (Guadalquivir) y de ahí provenía su nombre como Señora de Guadalupe.
El triunfo sobre los moros les dio la suficiente motivación a nuestros abuelos españoles para hinchar sus velas y lanzarse a la conquista del nuevo y misterioso mundo; más allá del mar, con ellos viajaría para protegerlos el estandarte de la Diosa.
La sangre y el fuego se apoderaron de Tenochtitlan, la peste recorría las calles gimiendo en busca de nuevas victimas reclamando la muerte. Cuauhtemotzin, postrer Tlahtoani del Anahuak, reunió por última vez al consejo para anunciarles el ocultamiento de su sol allí en el Mictlan y les ordenó guardar y heredar de padres a hijos aquellas costumbres, en tanto la oscuridad se apoderaría de todo lo que fue su paraíso y el de sus dioses.
Y así fue, los sacerdotes del nuevo culto quemaron sus libros, destruyeron sus costumbres y persiguieron a sus sabios. Los príncipes se transformaron en mendigos y sus hijos en esclavos, los viejos cultos fueron declarados en pecado y aquellas ofrendas a Tonantzin Coatlicue Talli en Tepeyacac, penadas con la misma muerte.
Las reuniones en los atrios serían prohibidas, el sonido del Huehuetl resultaba ahora un anatema demoniaco, los Atecocollis que llamaban a los viejos y desparecidos dioses fueron convertidos en anatema. Ahora debían tocar solo guitarras, las que ellos recrearían de las conchas de los armadillos, para no olvidar su amor por Tonantzin Tlalli.
Es en ese mundo convulso y enfrentado, cuando cierto día apareció aquella pintura sellada en una humilde tilma indígena. Se trataba de una hermosa mujer morena, cubierta en un manto de estrellas, iba vestida con flores, llevaba como símbolo a la tierra y parecía brotar de la misma luna.
Los testimonios de tan hermosa aparición fueron redactados en 1556 con motivo de la remodelación de la ermita del ahora Cerro del Tepeyac. Se dice que fueron escritos por el indio Valeriano o tal vez por el mestizo Luis Lasso de la Vega. En un principio los hechos se atribuyeron a ese año, pero después, tales acontecimientos se trasladaron a 1531.
Según narra el Nicanpopohua, sucedió cuando un indígena llamado Cuauhcuatoatl, bautizado luego como Juan Diego, en camino hacia el cerro sagrado escuchó una voz que lo llamaba. Tratabase - explicó a los frailes - de una mujer tierna y morena como nuestra tierra, quien además lo había llamado hijo y le solicitó un templo, permitiéndole por milagro grabar su hermosa imagen y así quedó para siempre en la humilde tilma de aquel indígena agraciado.
La imagen surgida del milagroso encuentro en el Tepeyac fue llamada y venerada como Tonantzin Talli por los indígenas nahuas, quienes acudían a su santuario en romería para ofrendarle y agradecerle, como lo hacían desdemuchos años atrás.
La maravillosa aparición resultaba conveniente también para los propósitos de la religión católica, para la nueva doctrina se trataba de María, la Madre de Jesús, intercesora de nuestros pecados ante la divinidad.
Cuando los españoles y criollos se apropiaron del culto, rebautizaron la imagen con el nombre de Guadalupe, que obviamente hacía alusión a la virgen venerada en Extremadura, donde ellos creían se hallaba su lejana patria.
Pero, por encima de las lisonjas y miserias humanas surgió de nuevo la Diosa, la madre tierra que con su esencia de virgen cubría en su manto la vida y la esperanza del nuevo pueblo hasta convertirse en su símbolo, su patrona y la esencia de ese México surgido del cruel choque de las dos razas,
El color de su piel morena resultaba el de nuestro suelo y del rostro de nuestras hermosas mujeres. Su manto se conformaba del profundo cielo de México, al lado del poniente llevaba las constelaciones del verano y en el oriente las del invierno, tal y como se encontraban en aquella noche mágica.

México fue desde entonces el lugar en el ombligo de la luna, desde donde brota su venerada figura vestida con flores, quien lleva al centro de su ombligo el símbolo sagrado del Nahui Ollin, con los cuatro movimientos de los rumbos que conformaron y rigen el viejo y nuevo mundo del Anahuak.
Así han pasado los siglos y aquella imagen del pendón de Panquetzaliztli se convirtió en guía y sustento de los anhelos de la nueva nación que nació de un doloroso parto y creció tambaleante ante los avatares de nuestro destino. Ella estaba presente cuando el cura Hidalgo incito a la rebelión en Dolores y cruzo las fronteras de la independencia en las manos de Félix Fernández, quien se haría llamar Guadalupe Victoria.
En sus piadosas pupilas se conserva la imagen del primer indio transformado en santo, pero ha visto pasar a los abuelos de nuestros abuelos y a los abuelos de todos los abuelos. Su cuerpo quedo así transformado en nuestro pasado, nuestro presente y se delinea en el mapa de nuestro futuro.
Hasta sus pies, para celebrarla y enaltecerla llegó también el Papa peregrino, se dejó envolver por el humo de los inciensos del copal de los antiguos ritos paganos y los celebró en el cerro ancestral con nuestra gente, fundiéndose con aquellas ceremonias otrora prohibidos.
En tanto, desde lejos sonaban los atecocollis, atronaban los huehuetl y se rasgaban las conchas, porque así lo quiso ella, la Diosa, la eterna, la que vive y vivirá en el recuerdo de nuestros genes y los de nuestros hijos. Porque ella es Tonatzin Guadalupe Tlalli, nuestra madrecita de todos los pueblos, las montañas y los ríos, porque ella es la Tierra.